Migraciones (parte 2)

Un viaje en clase turista por la Endometriosis

Hace quince años me diagnosticaron Endometriosis. A partir de entonces, me transformé en pasajera en tránsito por este maravilloso y desconcertante camino.

Antes de continuar con los trámites migratorios, les voy a contar cómo comenzó este derrotero. La realidad indica que menstrué por primera vez a los once años. Estaba en sexto grado del colegio de monjas y, como era de esperar, no se hablaba del tema. En mi casa ya menstruaban mi madre y mis dos hermanas mayores. Lo que yo percibía era que algún día me iba a tocar a mí, lo que no me imaginaba era que iba a ser tan temprano. 

Eran épocas de “toallitas” sin alas y sin tanta tecnología al servicio de la higiene menstrual. Me acuerdo que en esa época, mi padre había insistido en que tomara clases de tenis. Cada vez que me “indisponía” me ponía cinco kilos de toallitas porque ya en ese tiempo, menstruaba para un batallón. Había que ver lo lindas que me quedaban las calzas metalizadas que usaba para ir al club con las tres toallitas apiladas estratégicamente para no mancharme. En la entrepierna no se sabía si llevaba gente o si me había crecido algo fuera de lo común. Por supuesto, ni se me ocurría ponerme un tampón.

Para ese entonces, con once años, ya portaba el mismo talle de busto que ahora. Tanto le recé a la virgencita (sí, en aquella época rezaba) para no ser “tetona” que la muy descarada escuchó mis plegarias infantiles y me dejó igualita que a los once. Los chicos en las clases de tenis se reían de mí: tenía tetas, medía un poco menos que ahora y llevaba un montón de toallitas debajo de las calzas. Lo que se dice una púber exitosa.

El día que descubrí que había menstruado me puse a llorar. No sentía miedo, sentía bronca. Quería seguir siendo una nena, no quería hacerme “señorita”. Me parecía injusto, me sentía estafada, a ninguna de mis amigas les había “venido”. ¿Qué iba a hacer en las vacaciones? ¿Cómo me iba a meter en el mar? ¿Y si me manchaba y todos se daban cuenta?

El dolor y el desplazamiento

A mis jóvenes 20 años experimenté el primer dolor severo de ovarios. Estaba en la facultad, había terminado una clase, fui al baño y ahí nomás sentí una puntada horrible. Me caí al piso del dolor, no podía mover una pierna y quería vomitar. Empecé a llorar y a llamar a los gritos para que alguien viniera a ayudarme. Como pude, me tomé tres analgésicos de una y así volví a mi casa.

Nunca en mi vida había escuchado la palabra Endometriosis. No obstante, tardé tres años más en escucharla desde ese primer dolor fuerte. Evidentemente, yo menstruaba pero había una parte de mí que se negaba a soltarlo todo.  Por motivos que aún hoy se desconocen, lo que no se va con la menstruación, “migra” hacia otros órganos, se mimetiza con los tejidos y provoca esos quistes que generan edemas y un dolor muy difícil de soportar.

en tránsito, migrante a lo desconocido

Migrar es desplazarse. Esos tejidos endometriales que migran y luego se desarrollan en otras partes del abdomen te posicionan a vos en otro lugar. Ya no sos la misma persona. Parece un cliché o una frase de un libro de autoayuda pero con el primer dolor, te transformás para siempre y pasás a formar parte de un selecto club: sólo quienes lo sufrimos nos entendemos con solo mirarnos. De hablar con mujeres que lo padecieron, encontré una misma frase que se repitió en todas las entrevistas: “Sentí que me moría del dolor”. Es cierto que no te morís, pero cada dolor te modifica porque sobreviviste una vez más y es inevitable que eso no te haga sentir que sos un poco invencible.

Pocas cosas me estresan tanto como hacer trámites en los aeropuertos. Desde no sobrepasar el límite de equipaje, hasta el detector de metales, la policía aeroportuaria, las largas colas o aburrirme esperando para embarcar.

Al iniciar este viaje que ya lleva muchos años, fui alivianando cada vez más la valija y me despojé de todo aquello que no necesitaba y activaba mis alarmas. Empecé a acallar esa voz policíaca que aturdía mi cabeza y cambié el aburrimiento por aprendizaje. A veces me siento un poco esa nena de once años encerrada en el baño de su casa, llorando al ver su bombacha manchada de sangre y rezándole a la virgencita para que no la deje crecer.

Check-in
Leé el primer texto de la serie: Check-in
Pre-embarque
Leé el tercer texto de la serie: Pre-embarque

 

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