Anteojos violetas para el pink-washing

O cómo pensar los derechos laborales de trabajadores que menstrúan, con un poquito de teoría feminista.

Por Magalí Campañó

Venimos celebrando múltiples acciones que sacan a la menstruación del estatus de lo íntimo, para volverla protagonista la agenda pública. Sin embargo, aún en este panorama alentador, algunos correlatos jurídico-legales de lo menstrual parecen seguir un poco viejitos. En la esfera del derecho laboral, por ejemplo, la licencia por “día femenino” (vigente en algunos casos, pero prácticamente en desuso en la mayoría) es uno de ellos.

A esta altura del partido cae por su propio peso, que el falso binomio femenino-menstrual que le da nombre a esa licencia, no sólo niega la existencia de otras corporalidades menstruantes (varones trans, personas no binarias y otras identidades de género) sino que a la vez, dota al ciclo menstrual de un sentido de obligatoriedad para los cuerpos femenizados, ocultando al enorme número que, por diversas razones, no menstrúa. Sugerimos “día/licencia menstrual” como una buena fórmula que, además de inclusiva, permite nombrar con todas las letras lo silenciado por algunos tabúes.

Una modesta recopilación de algunxs teóricos enmarcadxs en el movimiento feminista, puede posibilitarnos pensar con qué contenidos materiales y simbólicos se podría resignificar la olvidada licencia por día menstrual, y cómo desarrollar acciones colectivas para promover el reconocimiento, ejercicio y goce de este derecho laboral de lxs trabajadorxs menstruantes.

Para comenzar a entender de qué va la cosa, sirve rescatar a Emily Martin (1998), que “analizó el surgimiento y desarrollo del síndrome pre menstrual como una patología y lo explicó como una forma de expulsar a las mujeres del mercado de trabajo y disciplinarlas a partir de un diagnóstico médico”. Desde esta perspectiva, el síndrome premenstrual, teñido de patología, aparece como un dispositivo sexo-genérico –agenciado fundamentalmente por el saber médico- que al interaccionar con otros dispositivos de la desigualdad en relación al género (los del mercado laboral por ejemplo) configura una serie de experiencias específicas y explica un poco por qué estamos dónde estamos.

Consideremos además que esa concepción del síndrome premenstrual, se intersecta con otra idea generalizada: “no está bien visto que las personas que menstrúan hablen de ello o lo manifiesten de ninguna manera explícita”, y con un universo publicitario en el que la sangre menstrual es azul, mientras los productos prometen que podemos usar pantalones blancos aún “en esos días”.

En ese sentido, analiza Agostina Mileo que “uno de los puntos fuertes de la promoción de estos productos (los convencionales para la gestión menstrual) es su promesa de “liberación” de la menstruación, a partir de lo que se infiere que la tendencia será hacia la elección de productos que disimulen lo más posible la condición menstrual y no hacia aquellos que promuevan el conocimiento del cuerpo y su aceptación, creando con ello la perpetuación del tabú y a través de ello de la desinformación.”.

De lo dicho hasta acá, una primera conclusión pareciera indicar que en el mercado del trabajo, la negación de la menstruación, y el éxito de los productos con promesas de “liberación” aparecen como mecanismos de supervivencia para contrarrestar los efectos de la patologización del ciclo menstrual, y las consecuencias asociadas a incrementar las desventajas laborales frente a “lo masculino” en las que puede derivar.

Sí, como si la jornada triple, la brecha salarial, la precarización, el techo de cristal y la lista interminable de etcéteras, no fueran suficientes.

Más acá en el tiempo, y como contrapropuesta a la histórica negación, encontramos a Lily Yuste, que comercializa un sistema “potenciador de las habilidades femeninas”, a partir del autoconocimiento y aceptación de la ciclicidad de las personas menstruantes, cuyo resultado promete impulsar a las usuarias a dar y darse lo mejor de sí mismas en cada una de las fases del ciclo. Desde su perspectiva, potenciar las habilidades es un doble beneficio: para quienes menstruamos, y también para las empresas o proyectos en los que trabajamos. Así, su aproximación hacia lo potenciador, se explica a partir de la productividad (sólo de mujeres cis, pareciera).

Mientras tanto, en el polo contrario, Erika Irusta valora igualmente la potencialidad de vivir el cuerpo y el ciclo menstrual desde el auto-conocimiento y el placer, pero desde una perspectiva de beneficios individuales y colectivos distanciada de la lógica del aprovechamiento empresarial. En concreto, “defiende la cultura menstrual como una cultura de cuidados que debe hacer frente a la neoliberal”. Cabe aclarar, que Irusta sí incluye a todos los cuerpos menstruantes.

Por la misma línea, algunas empresas europeas, “reclaman una “política empresarial” que reconozca este derecho sin calificarlo como “enfermedad”. La idea de instaurar esas políticas arremete “contra la “falsa” creencia de que tomarse tiempo libre va en contra de los intereses empresariales” pues en definitiva se trata de “coordinar” las agendas laborales con los ciclos naturales del cuerpo para aprovechar” esos días posteriores al sangrado en que las personas menstruantes pueden resultar “tres veces más productivas”. “Es una cuestión de rentabilidad y efectividad” sostienen.

Creemos que las posiciones citadas no se excluyen. Aunque surja más enmascarado de provecho que de derecho, el escenario para que la licencia menstrual pueda ser pensada es hoy más fértil que en ningún otro contexto. En un universo que cada vez más es gobernado por CEOs, la lógica capitalista-empresarial puede ser reapropiada y resignificada como un trampolín, un modo de generar interés, darle cabida, vigencia y motorización a la propuesta. Sobran ejemplos de estas tendencias que comparten la dinámica dual de “trabajadores felices”/beneficios empresariales: la cada vez más frecuente implementación del sistema de homeoffice para la reducción de gastos, es uno de ellos.

Así, aún frente a los intereses que puedan motivar a esos sectores a mirar con buenos ojos el derecho a la licencia menstrual; aún cuando operen con lógicas que “apunt(en) a incorporar de forma instrumental el lenguaje del feminismo y la perspectiva de género (…) dejando intocada la estructura productiva”, tal vez podríamos pararnos de un modo siempre escéptico pero igualmente bienvenido.

Porque aunque sepamos que esas propuestas expresan muy parcial e inacabadamente la agenda menstrual feminista, y que detrás de las razones pinkwasheadas se dejan ver los hilos de otros entretejidos no tan nobles, en definitiva, obtenido el derecho y más allá de sus orígenes, siempre tendremos “la posibilidad de otras apropiaciones” en las que podremos resignificarlo con anteojos violetas.


Felitti, Ramírez – Nota a la edición latinoamericana de “Mi sangre” de Élise Thiébaut – 2017
Karina Felitti – “Cíclica y la copa menstrual argentina, Historia, propuestas y desafíos del movimiento Maggacup” (2016)
Leache y Lombart  – Una lectura del género como dispositivo de poder, 2009.
Agostina Mileo – Mi guita, mi cuerpo, mi problema, ¿o no?

Instaurar una ‘política menstrual’ en la dinámica empresarial
https://www.europapress.es/andalucia/noticia-ugt-valora-baja-menstrual-propuesta-italia-apunta-si-hombres-tuvieran-menstruacion-estaria-legislada-20170330171015.html
https://www.elcaminorubi.com/pinceladas-sobre-mi/
https://www.elsaltodiario.com/pista-de-aterrizaje/erika-irusta-orgullo-menstrual

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