Nunca nos vimos tanto

Fabriqué esta especie de espejito retrovisor para que se pongan cuando termine la cuarentena, así me puedo seguir viendo en un cuadradito cuando charlamos. No quiero perder la costumbre…

Ya sabemos que la pandemia mundial y las imposiciones locales de aislamiento cambiaron obligatoriamente muchos hábitos. También nos condujeron a depender casi totalmente de la virtualidad para lograr algún tipo de contacto humano y vincular, a escalas desconocidas, incluso para los más habituados a esas tecnologías.

Es cierto que ni las videollamadas, ni Instagram, ni TikTok, ni el sexting son nuevos. Sin embargo, en esta frecuencia de uso, y en esta impuesta exclusividad… nunca antes. ¿No son nuevos para muchos de sus usuarios? ¿No están sucediendo allí eventos que no tenían lugar en esos espacios?

Sobre las actuales frecuencias de éstas dinámicas virtuales, existe un efecto colateral común y oculto: mientras que fundamentalmente las usamos para expresarnos y entrar en contacto con otres, sin querer o queriendo, nos obligan a contactar con nuestra propia imagen con una intensidad que también puede ser novedosa. 

Las reuniones en Zoom, las clases virtuales, sesiones de terapia online (y la larga lista de etcéteras) reflejan a nuestros interlocutores en pantalla, pero en simultáneo, también nos devuelven una imagen, en principio no buscada, de nosotres mismes. Entre las dos o múltiples ventanitas, una tiene nuestra cara. Puede que más chiquita o secundaria, pero ahí anda. 

@losmemesdepsico

Por otra parte, la hiperactividad en los feeds e historias de redes sociales como únicas vías de salida al mundo, reclaman cada vez más creatividad en la producción de contenidos. Nos vemos forzades a buscar modos superadores o más llamativos de exhibir los cuerpos y las prácticas que conforman nuestras identidades. 

Los encuentros de sexting, también han ocurrido en este marco por primera vez para muches, y las preguntas sobre cómo y qué mostrar, los recaudos y las prevenciones, han ocupado la agenda de las cuentas de divulgación vinculadas a la sexualidad. Y así, sumamos una modalidad más de exposición de los cuerpos, encima atravesada por exigencias de sensualidad normadas y por los polémicos parámetros de lo deseable de la megapatriarcal industria pornográfica.

En los movimientos del mundo tal como lo conocíamos, las alternativas para vincularnos eran múltiples, el tiempo para hacer y rehacer la historia de Instagram no era eterno, la sexualidad no estaba limitada a los contornos estáticos de las nudes, y el espejo de casa no se presentaba 24×7 disponible.

Además, en los encuentros tet a tet –de esos que extrañamos- no nos veíamos las propias caras como en la ventanita de Zoom, ni teníamos la posibilidad de prestarnos atención a nuestros propios gestos y expresiones espontáneas, mucho menos para juzgar cuáles nos quedan mejor que otros. 

Por poner un ejemplo autorreferencial y random: accedí a tener videollamadas en piyamas, pues siempre #cashualyrelajada, y qué me importa. Sin embargo, en el transcurso de la conversación me encontré prestándole más atención a mí propio reflejo que al de mis interlocutores. También me arrepentí del atuendo. Me sentí doblemente extraña en la actitud: ni me representa(ría) en el mundo exterior ni hubiera podido suceder en un encuentro real, aún si la hubiera deseado.

Hace rato que coexistimos en identidades digitales en constante expansión, que pueden o no coincidir con las expresiones de nuestras prácticas identitarias más “terrenales”. Lo paradójico es que hoy, mientras nuestros yo-digitalizados avanzan y crecen aún a mayores velocidades, los cuerpos físicos están encerrados y suspendidos. 

El mundo confinado y la experiencia vital entre cuatro paredes, obturan también la posibilidad de obtener atención espontánea: de generar algo en une otre -sea por admiración e incluso por rechazo- a partir de la simple presencia. No existe cruzar miradas en el bondi. Esa ausencia de interacción y de exterioridad material, achica la experiencia y la dimensión de la mismísima existencia, mientras que pone en evidencia el deseo insatisfecho de ser mirados, reconocidos, apreciados. Sin otras variantes, la identidad digital puede terminar compensando esa falta, inflamándose, expandiéndose, y devorándose expresiones de las demás formas identitarias que solemos habitar.

Este panorama excepcional en millones de sentidos, también pueden ser revelador y crítico en torno a la autoimagen y al autoestima sobre la propia corporalidad. Verdaderamente, nunca antes nos vimos tanto. No en un sentido de introspección ni existencial (que ojalá también) si no en uno completamente literal. Ni aún para les más coquetxs, centennials, e “influencers”, nuestra imagen nos estuvo jamás tan pero tan obligatoriamente disponible.

Lo curioso y alarmante de este fenómeno, es que ocurre mientras simultáneamente las redes se plagan de exigencias e imperativos de felicidad, muchos de ellos vinculados a lo fit, lo health, y lo green; de chistes sobre comer de más en cuarentena, que hacen trampolín directo en patrones gordofóbicos; y en una explosión de recomendaciones sobre actividad física, cuidados de la piel, y alimentación pretendidamente saludable. 

Y sí. Todo ya existía, pero ahora existe en exclusiva. 

En esa sinergia un tanto perversa se vuelve válido repreguntar: ¿qué queremos mostrar en las exposiciones virtuales que nos permiten la ansiada exterioridad? ¿Cuánto verdaderamente estamos conectando con les otres, y de qué maneras queremos hacerlo? ¿Cómo nos atraviesan los ya conocidos mandatos de bienestar, de belleza y de normatividades múltiples en la autocrítica de ésta nueva propia-imagen hogareña, digital y confinada?

¿Cuán reales estamos siendo en estas modalidades de vínculos con espejito retrovisor

La cuestión es tan fresca, tan reciente y tan inacabada, que no es posible ni soñar con elaborar conclusiones al respecto. La invitación se reduce a chusmear una derivación dentro del desconcertante escenario mundial. Para que, al menos, no seamos de a uno y seamos de a varies los que estamos en ésta.

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