Check-in


Hace quince años me diagnosticaron endometriosis. A partir de entonces, me transformé en pasajera en tránsito por este maravilloso y desconcertante camino.

Check-In

Con mi novio de esa época nunca nos habíamos ido de vacaciones juntos. Hacía varios años que salíamos pero, por motivos que prefiero no recordar, preferíamos viajar por separado. Como el timing en nuestra relación nunca había sido un punto a destacar, no pudimos elegir mejor momento para irnos que durante mi tratamiento con inyecciones post-cirugía. Me operaron de endometriosis en agosto de 2003. Tenía 25 años y el abdomen colapsado.

Así fue que primero nos fuimos unos días con su familia a la costa Argentina y después, los dos solos, a visitar a una tía de él en el Sur. Los días de playa con la familia transcurrieron inestablemente en una hermosa casa en Cariló. Corría enero de 2004. Durante ese mes, me apliqué la sexta y última inyección. Más adelante, les contaré de estas “reconfortantes” vacaciones.

Antes, volvamos unos meses para atrás.

A los quince días de operada, el médico me citó en su consultorio para sacarme los puntos y así nomás, sin sacarina ni conservantes artificiales me dictó sentencia: “Tenés Endometriosis severa. No tiene cura. Vas a tener que empezar un tratamiento.”

Por supuesto, yo no sabía qué era la endometriosis ni con qué vino se podía maridar.

Mis alternativas eran tres: tomar anticonceptivos, hacer un tratamiento con otro tipo de pastillas, o las benditas y carísimas inyecciones compuestas de agonistas de la LHRH (otro día lo charlamos)

Mientras el médico hablaba yo pensaba en qué me iba a convertir para poder pagar el tratamiento. Para ser absolutamente franca, éste señor no me dio muchas opciones, todo era “patria o muerte”, es decir, o te ponés las inyecciones o volvés en unos meses a la mesa de operaciones.

Después de explicarme un par de cuestiones acerca del tratamiento, escribió una carta a la prepaga para que se apiadaran de mí y me cubrieran las inyecciones al cien por ciento. Todo ese derrotero de trámites me hizo envejecer diez años y desayunarme un café bien amargo: las prepagas no sabían en qué estatuto catalogar a la enfermedad y no se ponían de acuerdo en relación al porcentaje de la cobertura.

Por suerte o por desgracia, ya no vivíamos en el “reino” de la paridad peso-dólar. Obviamente, las inyecciones eran importadas.

En conclusión, mi madre me ayudó a pagar un tratamiento que en plena post-crisis del 2001 salió varios miles de pesos. Yo sentía culpa por hacerle pagar a mi madre ese dinero y ella me respondió que eso es lo que hacen las madres con los hijos. Años de terapia me llevó entender porqué me sentía culpable.

Antes de salir del consultorio, y de aclararme que podía volver a mi “vida normal”, el doctor pasó a detallarme una serie de efectos secundarios inherentes al tratamiento. A saber:

  • Sofocos
  • Pérdida del deseo sexual
  • Retención de líquidos
  • Dolor en los huesos
  • Debilidad generalizada
  • Sudoración excesiva
  • Depresión
  • Prohibición de ingerir bebidas alcohólicas
    (… que nadie me discuta que éste no es un efecto secundario)

Me habló de mil cosas más pero después de lo del alcohol apagué la tele y no lo escuché más.

¿Qué me quiso decir el médico con “vida normal”? Ni idea.

¿Padecí todos esos efectos secundarios? .

¿Lo pude compartir con alguien en ese momento? No.

¿Estaba experimentando los síntomas de una menopausia a los veintipico? (yo siempre fui una adelantada)

Ilustración de Judith Hilen

Durante ese viaje al Sur, encontré a una persona que desconocía que existía. Era yo a los 26 años en estado puro y sin la hermosa máscara que nos habilitan los estrógenos. Estaba más cruda que un pedazo de matambre recién cortado de la media res. Me habían escondido las caretas, no encontraba los filtros, era tan auténtica que daba miedo. No obstante, estaba en un cuerpo que no era el mío, me sudaba el bozo, me agitaba, dormía poco y decía cosas horribles. A mi jefe de ese entonces, por criticarme un café, le arrojé dos vasos de vidrio.

Lo que viene a partir de ahora, es un largo viaje que aún hoy continúa. Yo nunca desarmé las valijas, y menos, el día que me propuse que se conociera el padecimiento de miles de mujeres en el mundo.

Yo ya estoy lista para viajar otra vez, vamos a terminar el check-in, pasamos por migraciones y nos encontramos en la puerta de embarque.

Y ustedes, ¿están listxs para despegar?

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4 thoughts on “Check-in”

    • Soledad Rivas